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El Hospital Universitario Cari ESE propició el encuentro de un paciente, habitante de la calle, con sus familiares a quienes no veía hace 35 años desde que partió de su pueblo natal Yolombó, Antioquia.

Esta es la historia de Rafael Martínez Mejía, de 56 años, quien llegó al Hospital Universitario Cari ESE, hace seis meses con fractura de húmero, agravada por su condición de paciente diabético, enfermedad que se le descubrió después de varios días de tratamiento en este centro hospitalario.

Martínez Mejía era un habitante de la calle, sin familiares, sin documentos, sin afiliación al sistema de salud. A quien personas de buen corazón llevaron al Hospital en junio de 2014, tras encontrarlo tirado en la calle, enfermo, cerca a la Panadería 20 de Julio, donde se ganaba la vida limpiando los vidrios de los automóviles.

Desde entonces el personal asistencial del Hospital Cari encargado de su atención lo acoge con humanidad y cariño, recuperándole su brazo que estuvo a punto de perder. En diciembre del año 2014 y tras seis meses de estadía en el hospital, las trabajadoras sociales de la entidad se dieron a la tarea de buscarle un hogar de paso, pero por su condición de diabético no lo aceptaron, porque estos pacientes tienen unas condiciones especiales de atención en nutrición y medicinas que no pueden asumir aquellas instituciones.  

Y es entonces cuando por iniciativa de Juan Pablo Martínez, funcionario de la empresa auditora del Hospital Cari, Asauinsa, se dan a la tarea de buscar los familiares de Rafael por facebook, en su natal Yolombó, Antioquia. Asimismo a través de Trabajo Social le diligencian el duplicado de su cédula de ciudadanía ante la Registraduría.

Y la tarea fue fructífera.  Luego de tocar y tocar perfiles en facebook, dieron con esos familiares a los que Rafael dejó hace treinta y cinco años, cuando salió de casa en búsqueda de un mejor futuro, donde tocó la gloria y el infierno, y de ser comerciante de productos puerta a puerta pasó a ser habitante de la calle.

El día 29 de enero de 2015 fue el reencuentro de Rafael con sus hermanos Fernando, de 38 años, a quien dejó de ver muy chico;  y Dora, de 35 años de edad, que era una recién nacida cuando él partió. Previo al encuentro las enfermeras le cortaron el cabello, lo acicalaron y lo vistieron con ropa nueva.

El 30 de enero dejará la habitación que lo acogió por tanto tiempo, donde fue todo un personaje, consentido por médicos, enfermeras y trabajadoras sociales. Su destino ahora será Medellín donde su padre octogenario le espera con los brazos abiertos. Como en la parábola del hijo pródigo. VER HISTORIA EN EL HERALDO

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